lunes, 6 de febrero de 2012

Historia 13 ( El destrozacamiones)


En la Factoría de Subsistencias de El Ferrol gané merecida fama de destrozar camiones. En cierta ocasión tenía que atravesar una estrecha calle y aunque los que venían conmigo me advirtieron de que el camión no entraba por allí yo pensé que sí, y además lo hice a buena velocidad, por lo que además de los daños infligidos a mi camión, ocasioné serios destrozos a los vehículos que estaban estacionados. Enseguida aparecieron los dueños visiblemente enfadados, y yo les decía: "Tranquilos, que la Marina se hace cargo de todo".
Otro día fui a llevar víveres a un barco que zarpaba. Normalmente los subían por la escalerilla de entrada al buque, pero en esa ocasión me pidieron que acercara el camión por otra parte, y dando marcha atrás choqué con el casco y destrocé la bandera del vehículo (la parte de atrás del camión). Puedo decir desde entonces que choqué una vez con un barco.
Trajeron una vez una furgoneta nueva Mercedes y estaba sin estrenar. Hubo que hacer ese día muchos viajes y en la Factoría sólo quedamos la furgoneta y yo. Y hubo un aviso urgente. El oficial de guardia no tuvo otra salida, y tuve la mala suerte que al aparcar había un terraplén oculto por la hierba y ahí caímos. Hubo que llamar a una grúa para sacar el vehículo destrozado. Al contarlo el disgusto fue tremendo y no creyeron mi explicación. Tuvo que venir un suboficial conmigo al lugar del accidente para convencerse, y me dieron la razón por una vez porque comprobaron que a cualquiera le habría sucedido lo mismo.

Historia 12 (En el cuartel de instrucción)


El 7 de enero de 1981 me incorporé a filas en el Cuartel de Instrucción de Marinería de San Fernando en la Compañía nº 12. Nos pelaron al 1 y tenían que ponernos una serie de vacunas; como no me fiaba mucho, en un descuido me salí de la fila y me fui para afuera cogiéndome el brazo, engañando al personal y librándome de los pinchazos. Había un muchacho llamado Juan Rengel que se me pegó desde el principio y no me dejaba ni un momento. Cuando iba al servicio tenía que decirle que me esperara fuera. El caso es que nos juntamos con otro chico que era de Antequera y estábamos siempre juntos de aquí para allá. La verdad es que este tiempo en el cuartel (sobre todo los primeros 15 días, que no podíamos salir a la calle) fue lo más duro de mi mili. Por cierto que Juan Rengel, unos meses
después, mató a su padre a silletazos porque no quiso comprarle una moto.
Como tenía carnet de conducir y título universitario me cogieron para hacer el curso de cabo conductor de vehículos pesados en los meses de marzo y abril de 1981.

Historia 11 (La viuda)


A través de Orense, un marinero que llevaba más mili que el palo de la bandera, conocí a Belén Brage, una chica de 18 años que tenía la particularidad de ser viuda y tener una hija. Su marido murió cogiendo percebes. Cuando me lo contó creí que era broma, pero era bien cierto. No conocía la peligrosidad de esa actividad y la cantidad de personas que mueren al arriesgar sus vidas en las rocas. Éramos buenos amigos, pero no nos podíamos mover en los mismos ambientes. La recuerdo con mucho cariño y ojalá estén bien ella y su hija Paloma. Me regaló un libro dedicado sobre El Ferrol que guardo entre mis tesoros. 
   Belén Brage, mi amiga viuda de El Ferrol

Historia 10 (Soba)


En abril de 1981, estando en la Escuela de Aplicación de Infantería de Marina de San Fernando (Cádiz) me comunicaron que el resto de servicio militar (hasta junio de 1982) lo haría en El Ferrol del Caudillo (La Coruña). Aunque le doy gracias a Dios por aquella maravillosa experiencia en Galicia, al principio no me hizo gracia y lo peor era que me iba en unos días y no podía ir a Málaga a ver a mi familia porque tenía guardia el fin de semana. Hablé con mis superiores y me dijeron que sólo podría ir a Málaga si alguno de mis compañeros accedía a hacerme mi guardia. Empecé a pedírselo uno por uno, a los que yo creía amigos de verdad, pero todos iban a lo suyo, nadie quería chuparse una guardia por la cara. Ya sólo quedaba uno de Santander con el que no hablé mucho y que me parecía distante y poco amigo de hacer favores. Ese marinero era Antonio Santisteban Ruiz, de La Gándara de Soba (Cantabria) y me dijo que por supuesto que sí, que fuera a ver a mi familia ya que él no podía hacerlo, y me hizo la guardia. Nunca mientras viva olvidaré ese favor, primero porque pude ver a los míos antes de irme tan lejos y segundo porque aprendí que las cosas a veces no son como creemos, ni tampoco las personas.
Coincidió que Soba, como le llamábamos, también fue a Galicia y fue mi amigo y compañero en la Factoría de Subsistencias de El Ferrol. Soba, amigo, nunca te olvidaré.
 En la Escuela de Aplicación de Infantería de Marina de San Fernando (Cádiz). 
 Asomado a la izquierda, Nuño. De pie, de izquierda a derecha, Soba, Coripe y yo.

Historia 9 (Los phoskitos)


Había en la Escuela de Aplicación un infante de Marina que decía que le chiflaban los phoskitos. Tanto era así que se apostó que era capaz de comerse 50 seguidos. Se formó en torno a él una multitud que apostaban a favor o en contra. Pues bien, al llegar a los 18 empezó a vomitar, así que perdió. En eso que otro infante retomó la apuesta y dijo que él era capaz de comerse los otros 32. Por supuesto, las apuestas iban en su contra, después de ver al "monstruo de los phoskitos" devolviendo, pero ocurrió que se los comió y ganó la apuesta.

Historia 8 (El buzón de sugerencias)


En la Escuela de Aplicación, en el pasillo que daba a la entrada de la Compañía, había un buzón de sugerencias. Me sorprendía mucho verlo allí, en un recinto militar con una dura disciplina. Resultó que una noche volvía con los compañeros con la mala fortuna que me dí un golpe con el buzón que me hizo ver las estrellas. Se me ocurrió echar un papel que decía: "Sugiero que quiten el buzón de sugerencias" y puse mi nombre y mi número. A los pocos días me llamó el teniente Ruiz, que me interrogó por la sugerencia. Le conté la historia y me ordenó que lo acompañase a ver al capitán Illescas. Allí volví a contar la historia y ellos se mostraban muy sorprendidos de la para ellos gamberrada y si no me arrestaban era porque me había identificado en la sugerencia. A continuación, me llevaron al coronel, que era el que mandaba en el chiringuito. Y vuelta a contar lo mismo, y los tres, extrañadísimos. Me decía el coronel: "Es como si usted sugiriera que se cogiesen unos picos y se pusiesen a destrozar una carretera". Y yo insistía en lo mismo, que no era comparable, que el buzón, debido a su colocación al doblar un pasillo, me causó daño físico y que lo mío era una sugerencia que podían o no aceptar.
Finalmente todo quedó ahí, pero yo estuve varias horas en interrogatorios, y la historia fue muy comentada. Todavía hace pocos meses me encontré con Juanjo, uno de los compañeros, que me recordaba divertido la anécdota.
       Foto tomada en abril de 1981 en la Escuela de Aplicación  de Infantería de Marina, con los marineros   distinguidos que hacíamos el curso de cabo conductor de vehículos  pesados. Yo soy el segundo por la izquierda de pie. Juanjo es el cuarto por la izquierda de pie. Nuño es el cuarto por la izquierda agachado (con bigote). Mi gran amigo Antonio Santisteban Ruiz, del que hablaré, es el que está sentado abajo a la derecha. Hicimos todos una buena amistad y siempre me acordaré de ellos.

Historia 7 (Nuño)


En la Escuela de Aplicación de Infantería de Marina de San Fernando formábamos al final del día delante de la Compañía y pasaban lista para comprobar que estábamos todos. Al oír nuestro nombre decíamos con voz potente "¡PRESENTE!". Había un tal Nuño, de Valencia, que no le salía demasiado fuerte. Por tres veces lo nombró el teniente y nada, que no había potencia; a lo que el teniente le preguntó: "¿Qué pasa, es que no tiene cojones?". Y Nuño le contestó: "¡Cojones sí tengo, mi teniente, lo que no tengo es voz!" Fue uno de los momentos más hilarantes de mi vida, pero Nuño lo pagó con un arresto.